Good bye, Dresden
Quedan muy pocas horas, mi primer contacto con Alemania está a punto de terminar. Dresden es una de las ciudades donde me he sentido más extraña: la vaciedad en los ojos, la falta de sentido en las palabras que no entiendo, el vacío en los espacios enormes donde vidrio y metal, líneas rectas y minimalismo, sellan los recuerdos de austeridad en cada calle, imágenes de la época cuando los lujos no estaban permitidos… supongo que así se siente el este de Europa: con el peso del metál que llena de tristeza los ojos.
Y sin embargo, el sol sale y espanta a los fantasmas del pasado, proyecta su luz en los edificios por los que se paseaba Augusto El Grande, en una versión reconstruida con empeño. El pasado de Dresden ha sido reedificado piedra por piedra, hilbanando una historia que desapareció entre las bombas de la Segunda Guerra Mundial e las ideas comunistas de la RDA, pero que reapareció hace escasos veinte años justo depués de que el viloncelista Mstislav Rostropovich animara entre martillazos la caida del muro de Berlín, mientras las dos Alemanias se soldaban en una sola.
Este país me asusta, no por las ideas sembradas por la industria hollywodense o la historia de aquel lunático que pretendió crear una raza pura, más bien es por esta sensación de altas dosis de sufrimiento que se cruza en una mirada mientras doy un paseo hasta la estación de trenes, es la costumbre de hacer cola para comprar los víveres que aún está en las usanzas de los más viejos, es el frio de la construcción austera de concreto, vidrio y aluminio… es una realidad que me hace pensar en los delirios del ser humano, hasta dónde podemos llegar. La reflexión se cierra con un aire de esperanza, porque en estas mismas calles también se ve la fuerza de voluntad de los alemanes que han lanzado un ancla al pasado para volver a sus héroes centenarios y han vuelto a construir ese siglo XIX desde las cenizas de las bombas y la incesatez de la ambición.
Supongo que vendrán nuevas oportunidades para vivir una Alemania distinta: la seducida por el diseño, la vanguardista, la que viven ahora los Alexander Kerner del Berlín post-muro que finalmente dijeron Good bye a Lenin!
