Ahora recuerdos
La despedida fue un jueves en la mañana, tenía que pasar por el zapatero de la esquina para retirar los tacones que había mandado a repotenciar, debía hacer algunas compras finales en la farmacia y de regreso a casa comprar una parrillita (de las de Santa Mónica) para almorzar.
Salí del apartamento y por unos tres minutos mi mirada se clavó en esa montaña que tanto quise. El cielo estaba despejadísimo y sólo un suspiro de nube se interponía entre El Ávila y yo. La brisa cálida me acarició el rostro como si supiera que en pocos días ya no nos veríamos más. La bruma típica de las mañanas hacían de aquella vista un paisaje bucólico y mientras tomaba un respiro profundo, me atreví a pensarlo y a decirlo en voz alta: te voy a extrañar.
Ese cerro eterno me consoló muchas noches, me acompañó muchos desayunos, pero sobre todas las cosas me mantuvo atada a mi vida en Los Andes, un cable a tierra que me recordaba quién soy y de dónde vengo. Ahora, un mes y tanto después de mi partida, El Ávila es un recuerdo bonito que me llena los pulmones de oxigeno y dibuja una sonrisa en mi rostro. Muchos kilómetros nos separan pero esa mañana de febrero un último vistazo nos fundió en un momento para que en días grises como hoy aún me aferre a su templeza.

