Caleidoscopio de mezcal
México ha sido toda una sorpresa. Es un caleidoscopio cargado de colores y matices que cambian en un parpadeo. La contaminación la siento en la nariz y en este estornudo involuntario, que se escapa tan espontáneamente como las sorpresas que te esperan a la vuelta de cada esquina.
El art deco se funde con la herencia azteca y la irrevocable influencia española, juntos los tres se asoman en los balcones, los faroles, los pasillos, las caras. La ciudad es enorme, súper habitada, pero en el Zócalo, todos somos turistas incluso aquellos que golpean el silencio con voces de protesta sindical mientras saco mi cámara para medir el mejor ángulo de la Catedral.
Saboree un domingo diferente en La Villa, con agua de jamaica y esa ingenuidad indígena que venera a sus dioses a través de la iglesia y le entrega de rodillas sus anhelos a un retablo con la imagen de la Lupita.
Ciudad de México es un caleidoscopio que explota de color al activarse el flash de la cámara, en una estación cuidadosamente decorada que, con caballo, la Lupita y Juan Pablo II, perpetua el encuentro con la tradición católica de esta tierra. En el parque temático donde reposa el poncho de Juan Diego, lo kish huele a taco picante, a chile y a limón, deslumbra con luces escandalosas que perfilan el rostro de La Guadalupe… y con la virgen morena, Mozktezuma y los guerreros aztecas. Veneración y fuerza que hacen de este territorio una ciudad contradictoria, exhuberante, imposible de ignorar.
Apenas puedo contar con una mano los lugares que he visitado, pero el horizonte que se ve desde el ventanal de la Torre Latinoamericana me obliga a sellar la promesa de volver.

Es fascianante. Llegué allí llena de expectativas y todas fueron superadas. Si no fuera yo tan maniática en ir siempre que pueda a un lugar distinto, ya habría velto al DF 2 o 3 veces. Es un caleidoscopio de sensaciones, muy buena definición.