
Mi partida de nacimiento dice que nací en Seboruco, estado Táchira, pero en realidad nací en el estado Falcón, en Judibana, muy cerquita del mar. Al parecer mis padres vivieron muy poco tiempo en la tierra donde se procesa el petróleo venezolano y decidieron, luego de traerme al mundo, plantar nuestras raíces en las montañas tachirenses.
La decisión no pudo resultar mejor, pues si bien todo el mundo pregunta dónde queda ese lugar de nombre extraño, creo que es casi mágico el hecho de haber crecido al rededor de un campamento de primos, un batallón de tías consentidoras y un gigantesco escenario para los juegos y las aventuras infantiles.
Durante muchos años, mientras mi nonita estuvo viva, viajamos todos los fines de semana desde la capital del estado hasta mi pueblito “natal”. La casona materna, al lado de la iglesia de las tres torres, nos acogía siempre con los brazos abiertos. Las paredes de la casa de mis nonitos guardan muchos recuerdos de mi infancia. El primero que llega a mi memoria es que me daba pánico atravesar el patio central de la casa, un edificio colonial con dos patios centrales en cuyos pasillos se encontraban repartidas las habitaciones para los 16 hermanos y algunos tíos. Lograba controlar mi miedo despertando a mi papá y pidiéndole que me acompañara en el viaje transversal hacia el baño. Luego de unos años, mis esfínteres se acostumbraron a dormir toda la noche y no tuve que recurrir más a mi guardaespalda.
En el patio trasero de la casa -el solar, como lo llaman en esas latitudes- era el parque temático perfecto para el puñado de primos que se reunían todos los domingos en casa de la nona. Junto a los árboles frondosos de mamón, granada, mandarinas, nísperos y semerucos, había todo un arsenal de carros viejos, chatarra y cachibaches que nos prestaban sus servicios como los artefactos de la imaginación.
Cuando escapábamos de la vigilancia de los mayores, ese patio inmenso se convertía en un país creado para infantes. El níspero se transformaba en el apartamento de “las chicas” que jugaban a trabajar y tener familia. El autobús escolar, que esperaba por repuestos, era nuestra propia versión de la escuelita y aquel anaquel que aún guardaba ingredientes vencidos, servía como el supermercado donde nos abastecíamos para cocinar unas cenas de barro y matas insuperables.
Desenterramos muchos tesoros, correteamos muchas palomas y gallinas, robamos unas cuantas mandarinas y sorteamos toda clase de obstáculos para evitar la paliza respectiva por tomar los frutos de los árboles en pleno sol de la tarde. Mis primos y yo tuvimos el mejor parque del mundo en media manzana de Seboruco y aunque la diversión se interrumpía con el stop obligatorio de la misa que anunciaban las campanas de la iglesia, todos guardamos recuerdos inolvidables de aquella época: el día de Santa Rosa -30 de agosto-, la patrona del pueblo, los paseos al parque Torcoroma, muy cerca del cielo, y la chicha y los pasteles y morcillas a media tarde.
Por muchos años me pregunté porqué mi papá había tomado la decisión de asentarme como nacida en Seboruco y lo justificaba diciendo que su orgullo seboruquero lo llevó a concretar una mentirilla blanca. Pero hoy, un poco más consciente de lo que soy, no puedo estar más agradecida con lo que dice mi acta de nacimiento, pues muy cerca de esas montañas fui una niña muy feliz y hoy por hoy me siento mucho más gocha que costeña.
Cada vez que vuelvo a esa casa, ahora con proporciones menos amenazadoras, siento que parte de mi historia está en sus helechos, que la gruta que aún está en el patio de entrada de la casa esconde las risas y las picardías de al menos tres generaciones y que me siento orgullosa de decir que una parte de mí siempre será seboruquera.
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