La ciudad en dos ruedas

•agosto 14, 2011 • Dejar un comentario

Nunca he sido deportista y sé que no viene al caso explicarles el por qué, pero hace poco decidí que debía hacer algo de ejercicio y lo intenté todo: gimnasios, piscinas, deporte en casa… y nada, nada conseguía conectarme con esa deportista que muuuuuuuy en el fondo llevo dentro de mí. Debo confesar que hasta llegué a resignarme con la idea de que sería una sedentaria más… justo en ese momento de debilidad, un amigo me propuso una vuelta en bici por las afueras de París. Te va a gustar, ya verás! Me dijo. Y yo, con algo de miedo, acepté el reto.

40 km más tarde me enamoré de la sensación de la brisa en la cara, quedé absolutamente seducida por el paisaje, sentí una extraña versión de placer al experimentar el cansancio en la piernas… aunque todo me temblaba cuando me bajé de mi corcel de acero, me dije a mí misma: esta es la Ingrid deportista!

Desde entonces me he dedicado a pedalear por todo París. Por suerte la ciudad cuenta con un sistema de alquiler de bicicletas, Velib’, que por apenas 40 € al año permite al usuario hacer recorridos de hasta 45 min gratuitos. La idea ya me parecía genial, pero descubrir la ciudad en dos ruedas es sin duda una de las mejores experiencias que he vivido.

Si mi memoria no falla, los primeros en inventarse este asunto fueron los holandeses. En este artículo de Wikipedia leí que fue en 1960, pero en aquel entonces el concepto y el sistema no pasaron la prueba. Un intento en 1974 en La Rochelle, aquí en Francia, y algunos otros dispersos en distintas partes del mundo fueron perfeccionando la idea inicial de los holandeses hasta que en 1995, Copenhague se convirtió en la primera ciudad en prestar el servicio municipal de alquiler de bicicletas.

Supongo que el que se inventó el concepto sabía que todos apreciaríamos la sensación de libertad, la brisa en el rostro, la relación aún más íntima con la ciudad. Yo empecé hace un par de meses, tímida, un poco asustadiza… ahora, la música en los oídos, la rapidez con la que se mueven los edificios al pasar, ese viento en la cara, la misma sensación de libertad, me han permitido experimentar París desde otro ángulo, haciendo conexiones entre puntos distantes que en el subterráneo parecían invisibles, vacíos, sin forma, sin identidad… Me he ido apoderando poco a poco de una ciudad de tránsito que se deja descubrir mientras la recorro en mi corcel de acero y con la voluntad sobre dos ruedas.

Feliz cumpleaños, Caracas!

•julio 26, 2011 • Dejar un comentario

Hoy extraño las mañanas azules, radiantes. Me hace falta tu acento cosmo, tu ruidosa exhuberancia. En la distancia el recuerdo de tu montaña, mí Avila, todavía me llena de frescura el alma…

El París de Woody

•junio 6, 2011 • Dejar un comentario

Son Paris est une fête”. “Su París es una fiesta”, concluye Le Figaro luego de la premier en Cannes. No podría estar más de acuerdo. Durante los 94 minutos de Minuit à Paris, Woody Allen escribe una carta de amor al París de Hemminway, Fitzgerald, Dalí y Picaso. Sus frases son escenas de una ciudad eterna, romántica, de luces tenues y cafés de terrazas, un escenario de fiestas, alcohol y muuuuuuuuuucho arte. Su intención, seducir al público y declarar al mundo entero su infatuación, su pasión irracional y confesa al París de los años 20.

La leo, me zambullo en sus líneas, me suscribo! Es imposible no enamorarse de esta ciudad, de sus callecitas, de cómo suena la lluvia cuando cae en los adoquines, de esa nostalgia por el pasado… Una frase aquí, una idea allá… fotos, pinturas, escenarios… cuánta inspiración por metro cuadrado.

Ese es el problema con los románticos, nos dejamos seducir por la luz dorada de épocas anteriores, nos entregamos a los placeres de la nostalgia… Creo que de algún modo, el París de Woody fue el que me cautivó hace tres años. Sin embargo, el París de ahora, el que vivo en presente y cotidiano, es el que me inspira, el que me exige que siga escribiendo… y yo, sin armas para defenderme, con cierto guiño masoquista, me doblego.

No puedo evitar la explosión de reproches de las libretas vacías, las líneas que se han perdido en la rutina y han pasado de largo el papel. Me devoré la ciudad del día a día, me perdí en el desespero de la ciudad nueva e inexplorada, pero esta sobredosis de estímulo empieza a desbordase, la siento en las manos, en los dedos que no cesan de teclear, en los ojos, en las nuevas ideas.

Vuelven la ilusión y las ganas de crear… las ansias de caminar, escribir y describir una y otra vez Paris!!!

 

Nuevos ojos

•marzo 14, 2011 • Dejar un comentario

Han pasado 335 días desde mi último post. Cuánta vida ha pasado, cuántas historias y tan poco “tiempo” para escribir… Las excusas sobran, lo sé, pero ahora con nuevos ojos, con una identidad acostumbrada a París, emprendo un nuevo viaje, el destino? La misma ciudad, pero ahora tan mía como de Sarkosi, de mis vecinos africanos e indios como la que camina Vanessa Paradis… mía porque la recorro a diario, porque mi piel la respira y porque desde hace unos meses soy una guía turistica más para los amigos que la visitan.

Con una mirada distinta, retomo las letras desde mi nueva ciudad oculta.

 

75018

•abril 12, 2010 • Dejar un comentario

Al norte, Marx Dormoy y al sur, La Chapelle; este es mi nuevo eje. Aquel número, la referencia de mis coordenadas.

A la luz de la rutina, París no pierde su brillo, por el contrario, se convierte en un cristal que desfragmenta los rayos del sol y los devuelve en un puñado de colores vivos, enseguesedores. Mis pasos los descubren sobre la acera que comparto con indios, africanos, árabes, asiáticos y franceses. Compro gengibre al chino de la esquina, pollo al curry al libanés de la boucherie, plátanos a los africanos frente al Boulevard de La Chapelle, este es el nuevo prisma a través del cual vivo y percibo la metrópolis.

Ahora, mi ciudad se oculta bajo las interminables capas de un parque turístico que no tiene mucho que ver con la riqueza que se esconde en sus hojas más profundas. Una a una van cayendo, mientras camino hasta el metro en las mañanas. Es una experiencia única que se fija en la memoria como telas de colores brillantes, olores a curry, canela, romero y azafrán, trajes exóticos, olores intensos… 75018, mi París, la ciudad oculta que ahora asumo como un reto para descubrir.

Good bye, Dresden

•abril 4, 2010 • Dejar un comentario

Quedan muy pocas horas, mi primer contacto con Alemania está a punto de terminar. Dresden es una de las ciudades donde me he sentido más extraña: la vaciedad en los ojos, la falta de sentido en las palabras que no entiendo, el vacío en los espacios enormes donde vidrio y metal, líneas rectas y minimalismo, sellan los recuerdos de austeridad en cada calle, imágenes de la época cuando los lujos no estaban permitidos… supongo que así se siente el este de Europa: con el peso del metál que llena de tristeza los ojos.

Y sin embargo, el sol sale y espanta a los fantasmas del pasado, proyecta su luz en los edificios por los que se paseaba Augusto El Grande, en una versión reconstruida con empeño. El pasado de Dresden ha sido reedificado piedra por piedra, hilbanando una historia que desapareció entre las bombas de la Segunda Guerra Mundial e las ideas comunistas de la RDA, pero que reapareció hace escasos veinte años justo depués de que el viloncelista Mstislav Rostropovich animara entre martillazos la caida del muro de Berlín, mientras las dos Alemanias se soldaban en una sola.

Este país me asusta, no por las ideas sembradas por la industria hollywodense o la historia de aquel lunático que pretendió crear una raza pura, más bien es por esta sensación de altas dosis de sufrimiento que se cruza en una mirada mientras doy un paseo hasta la estación de trenes, es la costumbre de hacer cola para comprar los víveres que aún está en las usanzas de los más viejos, es el frio de la construcción austera de concreto, vidrio y aluminio… es una realidad que me hace pensar en los delirios del ser humano, hasta dónde podemos llegar. La reflexión se cierra con un aire de esperanza, porque en estas mismas calles también se ve la fuerza de voluntad de los alemanes que han lanzado un ancla al pasado para volver a sus héroes centenarios y han vuelto a construir ese siglo XIX desde las cenizas de las bombas y la incesatez de la ambición.

Supongo que vendrán nuevas oportunidades para vivir una Alemania distinta: la seducida por el diseño, la vanguardista, la que viven ahora los Alexander Kerner del Berlín post-muro que finalmente dijeron Good bye a Lenin!

Ahora recuerdos

•abril 3, 2010 • Dejar un comentario

La despedida fue un jueves en la mañana, tenía que pasar por el zapatero de la esquina para retirar los tacones que había mandado a repotenciar, debía hacer algunas compras finales en la farmacia y de regreso a casa comprar una parrillita (de las de Santa Mónica) para almorzar.

Salí del apartamento y por unos tres minutos mi mirada se clavó en esa montaña que tanto quise. El cielo estaba despejadísimo y sólo un suspiro de nube se interponía entre El Ávila y yo. La brisa cálida me acarició el rostro como si supiera que en pocos días ya no nos veríamos más. La bruma típica de las mañanas hacían de aquella vista un paisaje bucólico y mientras tomaba un respiro profundo, me atreví a pensarlo y a decirlo en voz alta: te voy a extrañar.

Ese cerro eterno me consoló muchas noches, me acompañó muchos desayunos, pero sobre todas las cosas me mantuvo atada a mi vida en Los Andes, un cable a tierra que me recordaba quién soy y de dónde vengo. Ahora, un mes y tanto después de mi partida, El Ávila es un recuerdo bonito que me llena los pulmones de oxigeno y dibuja una sonrisa en mi rostro. Muchos kilómetros nos separan pero esa mañana de febrero un último vistazo nos fundió en un momento para que en días grises como hoy aún me aferre a su templeza.

 
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