Nunca he sido deportista y sé que no viene al caso explicarles el por qué, pero hace poco decidí que debía hacer algo de ejercicio y lo intenté todo: gimnasios, piscinas, deporte en casa… y nada, nada conseguía conectarme con esa deportista que muuuuuuuy en el fondo llevo dentro de mí. Debo confesar que hasta llegué a resignarme con la idea de que sería una sedentaria más… justo en ese momento de debilidad, un amigo me propuso una vuelta en bici por las afueras de París. Te va a gustar, ya verás! Me dijo. Y yo, con algo de miedo, acepté el reto.
40 km más tarde me enamoré de la sensación de la brisa en la cara, quedé absolutamente seducida por el paisaje, sentí una extraña versión de placer al experimentar el cansancio en la piernas… aunque todo me temblaba cuando me bajé de mi corcel de acero, me dije a mí misma: esta es la Ingrid deportista!
Desde entonces me he dedicado a pedalear por todo París. Por suerte la ciudad cuenta con un sistema de alquiler de bicicletas, Velib’, que por apenas 40 € al año permite al usuario hacer recorridos de hasta 45 min gratuitos. La idea ya me parecía genial, pero descubrir la ciudad en dos ruedas es sin duda una de las mejores experiencias que he vivido.
Si mi memoria no falla, los primeros en inventarse este asunto fueron los holandeses. En este artículo de Wikipedia leí que fue en 1960, pero en aquel entonces el concepto y el sistema no pasaron la prueba. Un intento en 1974 en La Rochelle, aquí en Francia, y algunos otros dispersos en distintas partes del mundo fueron perfeccionando la idea inicial de los holandeses hasta que en 1995, Copenhague se convirtió en la primera ciudad en prestar el servicio municipal de alquiler de bicicletas.
Supongo que el que se inventó el concepto sabía que todos apreciaríamos la sensación de libertad, la brisa en el rostro, la relación aún más íntima con la ciudad. Yo empecé hace un par de meses, tímida, un poco asustadiza… ahora, la música en los oídos, la rapidez con la que se mueven los edificios al pasar, ese viento en la cara, la misma sensación de libertad, me han permitido experimentar París desde otro ángulo, haciendo conexiones entre puntos distantes que en el subterráneo parecían invisibles, vacíos, sin forma, sin identidad… Me he ido apoderando poco a poco de una ciudad de tránsito que se deja descubrir mientras la recorro en mi corcel de acero y con la voluntad sobre dos ruedas.



