Caleidoscopio de mezcal

•Octubre 18, 2009 • Dejar un comentario

México DFMéxico ha sido toda una sorpresa. En un caleidoscopio cargado de colores y matices que cambian en un parpadeo. La contaminación la siento en la nariz y en este estornudo involuntario, que se escapa tan espontáneamente como las sorpresas que te esperan a la vuelta de cada esquina.

El art deco se funde con la herencia azteca y la irrevocable influencia española, juntas los tres se asoman en los balcones, los faroles, los pasillos, las caras. La ciudad es enorme, súper habitada, pero en el Zócalo, todos somos turistas incluso aquellos que golpean el silencio con voces de protesta sindical mientras saco mi cámara para medir el mejor ángulo de la Catedral.

Saboree un domingo diferente en La Villa, con agua de jamaica y esa ingenuidad indígena que venera a sus dioses a través de la iglesia y le entrega de rodillas sus anhelos a un retablo con la imagen de la Lupita.

Ciudad de México es un caleidoscopio que explota de color al activarse el flash de la cámara, en una estación cuidadosamente decorada que con caballo, la Lupita y Juan Pablo II, perpetuan el encuentro con la tradición católica de esta tierra. En el parque temático en donde reposa el poncho de Juan Diego, lo kish huele a taco picante, a chile y a limón, deslumbra con luces escandalosas que alumbran el rostro de La Guadalupe… y con la virgen morena, Mozktezuma y los guerreros aztecas. Veneración y fuerza que hacen de este territorio una ciudad contradictoria, exhuberante, imposible de ignorar.

Apenas puedo contar con una mano los lugares que he visitado, pero el horizonte que se ve desde el ventanal de la Torre Latinoamericana me obliga a sellar la promesa de volver.

Volver a las leyendas

•Agosto 3, 2009 • 2 comentarios

Cuentan los indígenas venezolanos que antes todo era plano, que se podía ver hasta el mar. Pero un día las tribus ofendieron a la gran Diosa del mar y ésta quiso acabar con todo el pueblo. Entonces se levantó una gran ola, la más alta que se había visto y toda la gente se arrodilló e imploró perdón de todo corazón a la Diosa, y justo cuando iba a descender la ola sobre ellos, se convirtió en la gran montaña que todos compartimos. La Diosa se había apiadado y había perdonado a la tribu.

3311275993_a1c767a728

Esta gigantesca masa de tierra y árboles ha sido mi ancla en los seis años que llevo viviendo en esta ciudad. Me gusta pensar que es un pedazo de las montañas que dejé en el Táchira. Es mi constante, lo único que me devuelve la respiración en los días más cargados y cuando me enteré de esta leyenda, supe que este sentimiento no es gratuito, que la herencia de nuestros ancestros está en la esperanza de un pueblo que imploró clemencia y le fue concedida.

Cientos de artistas le han dedicado centímetros interminables de lienzo, millones de píxeles en imágenes que inmortalizan su belleza y ¿cómo no hacerlo? Basta ver hacia el norte en un día de cola para conseguir la paz y perderse en la sinfonía de color que orquestan sus sombras y luces junto al sol en las últimas horas del día.

“Viviendo en esta ciudad cómo no me van a salir montañas”, le dijo la artista Luisa Palacios a Maria Elena Ramos y estoy segura de que aunque pasen los años, las ciudades, los países, la cara fresca y verde de esta Caracas -a veces- absurda, estará para siempre en mi memoria urbana.

Seboruco

•Junio 22, 2009 • 15 comentarios

Seboruco - Casa Materna Contreras Galvis

Mi partida de nacimiento dice que nací en Seboruco, estado Táchira, pero en realidad nací en el estado Falcón, en Judibana, muy cerquita del mar. Al parecer mis padres vivieron muy poco tiempo en la tierra donde se procesa el petróleo venezolano y decidieron, luego de traerme al mundo, plantar nuestras raíces en las montañas tachirenses.

La decisión no pudo resultar mejor, pues si bien todo el mundo pregunta dónde queda ese lugar de nombre extraño, creo que es casi mágico el hecho de haber crecido al rededor de un campamento de primos, un batallón de tías consentidoras y un gigantesco escenario para los juegos y las aventuras infantiles.

Durante muchos años, mientras mi nonita estuvo viva, viajamos todos los fines de semana desde la capital del estado hasta mi pueblito “natal”. La casona materna, al lado de la iglesia de las tres torres, nos acogía siempre con los brazos abiertos. Las paredes de la casa de mis nonitos guardan muchos recuerdos de mi infancia. El primero que llega a mi memoria es que me daba pánico atravesar el patio central de la casa, un edificio colonial con dos patios centrales en cuyos pasillos se encontraban repartidas las habitaciones para los 16 hermanos y algunos tíos. Lograba controlar mi miedo despertando a mi papá y pidiéndole que me acompañara en el viaje transversal hacia el baño. Luego de unos años, mis esfínteres se acostumbraron a dormir toda la noche y no tuve que recurrir más a mi guardaespalda.

En el patio trasero de la casa -el solar, como lo llaman en esas latitudes- era el parque temático perfecto para el puñado de primos que se reunían todos los domingos en casa de la nona. Junto a los árboles frondosos de mamón, granada, mandarinas, nísperos y semerucos, había todo un arsenal de carros viejos, chatarra y cachibaches que nos prestaban sus servicios como los artefactos de la imaginación.

Cuando escapábamos de la vigilancia de los mayores, ese patio inmenso se convertía en un país creado para infantes. El níspero se transformaba en el apartamento de “las chicas” que jugaban a trabajar y tener familia. El autobús escolar, que esperaba por repuestos, era nuestra propia versión de la escuelita y aquel anaquel que aún guardaba ingredientes vencidos, servía como el supermercado donde nos abastecíamos para cocinar unas cenas de barro y matas insuperables.

Desenterramos muchos tesoros, correteamos muchas palomas y gallinas, robamos unas cuantas mandarinas y sorteamos toda clase de obstáculos para evitar la paliza respectiva por tomar los frutos de los árboles en pleno sol de la tarde. Mis primos y yo tuvimos el mejor parque del mundo en media manzana de Seboruco y aunque la diversión se interrumpía con el stop obligatorio de la misa que anunciaban las campanas de la iglesia, todos guardamos recuerdos inolvidables de aquella época: el día de Santa Rosa -30 de agosto-, la patrona del pueblo, los paseos al parque Torcoroma, muy cerca del cielo, y la chicha y los pasteles y morcillas a media tarde.

Por muchos años me pregunté porqué mi papá había tomado la decisión de asentarme como nacida en Seboruco y lo justificaba diciendo que su orgullo seboruquero lo llevó a concretar una mentirilla blanca. Pero hoy, un poco más consciente de lo que soy, no puedo estar más agradecida con lo que dice mi acta de nacimiento, pues muy cerca de esas montañas fui una niña muy feliz y hoy por hoy me siento mucho más gocha que costeña.

Cada vez que vuelvo a esa casa, ahora con proporciones menos amenazadoras, siento que parte de mi historia está en sus helechos, que la gruta que aún está en el patio de entrada de la casa esconde las risas y las picardías de al menos tres generaciones y que me siento orgullosa de decir que una parte de mí siempre será seboruquera.

Las ciudades de mi infancia

•Mayo 24, 2009 • 2 comentarios

A los 5 años las ciudades son gigantescas, los edificios tienen proporciones exageradas y si te rodean montañas, puede que en tus dibujos el cielo sea verde. Yo crecí en San Cristóbal, un valle bellísimo en los Andes venezolanos, cruzando montañas y repartiendo mis días entre Seboruco, La Grita y San Cristóbal. Esas son las ciudades de mi infancia, de ellas guardo momentos imborrables, algunos tristes, otros vergonzosos, y muchos, pero muchos repletos de alegrias.

Dicen que con los años el pasado se convierte en un tesoro valioso que te hace anhelar una máquina del tiempo. En mi caso, sucede que tengo la dicha de tener una familia que disfruta escuchar cuentos de los abuelos, de los tíos y ahora nos toca contar a los primos.

Hace unos días, en Seboruco, celebramos el nacimiento de mi Nonita Gregoriana, la mamá de mi papá. Nació hace 100 años y murió hace ya 17, y sin embargo, nos reunimos para recordar su enseñanzas, la más preciada de sus herencias, y para recordar que tenemos una historia rica, mágica, con escondites y escapadas nocturnas, con alcahueteos y días de parranda, con peleas y reconciliaciones.

Las ciudades de mi infancia son tres… y este es sólo el comienzo.

Al reverso de los deseos…

•Mayo 24, 2009 • Dejar un comentario

¿Qué sucede luego del “… y fueron felices para siempre”? La vida no termina con un sin fin negro en el que se despliegan los créditos de una película. La heroína se plantea una meta en los primeros diez minutos de la historia: la conquista de un amor imposible, el descubrimiento personal, salvar su vida de un riesgo inminente o llegar a la meta, y tan sólo una hora y media más tarde, en un giro inesperado consigue que sus plegarias sean escuchadas.

Soy una eterna enamorada del cine. Me encanta diluir mi realidad en la de personajes ficticios, con vidas perfectas luego del último fragmento, y por un momento tener la certeza de que mi destino no será diferente al de ellos. Sueno derrotista, pero mi punto es que no siempre obtienes lo que esperas, que algunas veces la vida te sorprende con un giro que no te lleva a la resolución de tus problemas, por el contrario, te reta, a veces te golpea, te obliga a conocer tus debilidades y a encontrar tus fortalezas.

Hace poco me enfrenté a uno de mis deseos, viajar por trabajo: esa maravillosa ilusión de llegar a otro país representado una idea, un producto, y disfrutar de una ciudad hermosa, ajena a tus días, todo sin sacar un centavo de tus bolsillos. Pues la ilusión no fue más que eso, al espejismo en el que todos caemos, pero al contrario de lo que pensé justo a mi regreso, el giro de la historia me enfrentó a una Ingrid que no conocía… y la verdad me cayó muy bien!!!

Aprendí que a la luz de la desilución no hay ciudad bonita, que no hay mejor idioma que la cortesía y el respeto y, por sobre todas las cosas, aprendí que en esta película las últimas palabras del final las decido yo.

Nuestra Señora de Caracas

•Marzo 20, 2009 • 3 comentarios

ntra-sra-caracasEncontré esta figura buscando información sobre los inicios de la ciudad y quedé enamorada no sólo de la imagen, sino de la delicadeza con la que está lograda, de lo que represente y de lo que me hizo sentir.

El cuadro no está firmado por nadie, pero leí por ahí que es de la Escuela de los Landaeta y que fue pintado en 1760. En la obra, Caracas aparece a los pies de la Virgen, y tiene una inscripción que dice: “Consolatrix Carascensis” (La Consolación de Caracas), quizá para recordarnos que incluso en los tiempos más difíciles hay alguien que nos está cuidando.

Me gusta pensar que el cuadro es el encargo de alguna persona que adoraba esta ciudad y que quería protegerla y a todos los que vivían en ella. ¿El resultado? Un hermosisisisimo retablo que muestra las destrezas de los caraqueños de antaño y la tranquilidad que produce el saber que sobre lo más alto del Ávila mis preocupaciones siempre serán escuchadas.

En pasos

•Diciembre 11, 2008 • Dejar un comentario

En pasos

Desde mis pies Caracas se ve distinta. Sus proporciones me ganan. Me atrapan sus edificios y la maraña de carros que inundan sus venas.

Desde mis pies Caracas palpita, retumba acompasada con cada transeunte que la toca, con cada motor que la roza.

Desde mis pies Caracas agota. Me inyecta el cansancio acumulado bajo el sol con el correteo de las diligencias y la desesperación de acabar el día.

Desde mis pies Caracas es mía aunque huela mal y se empeñen en dividirla.

Caracas desde mis pies es una extensión de mí misma, de mis pesares, de mis angustias y a veces, cuando las calles se abren y las torres se separan, el Ávila me susurra que desde mis pies Caracas también es esperanza.

La ciudad de la furia

•Octubre 25, 2008 • Dejar un comentario

Caracas sopla fuerte

La lluvia me trae recuerdos maravillosos… recuerdos “cursis” de tardes de té y un libro en las manos… recuerdos olfativos de tierra mojada y frío. Días apacibles de cuestionamientos personales y descubrimientos espirituales. Un porche, un mueble que se mece y unos cuantos años menos, se quedaron en San Cristóbal.

Ahora la lluvia me atrapa en sus redes y me muestra la fiera dormida que habita en Caracas. La furia del viento me mantiene alerta y me enfrenta al reflejo de la ventana para demostrarme que es más fuerte de lo que pensé, que puede con todo y más, que encaramos la misma lucha y que los años no pasan en vano para ninguna de las dos.

Los vidrios se estremecen y mientras observo el caos de agua, neblina y vapor, agradezco a la vida haberme fortalecido… no hay mejor lugar para celebrar un década más y la oportunidad de seguir creciendo. La brisa se hace más fuerte y mis deseos más profundos cuando fijo mi mirada en esta ciudad apoderada por la furia.

En busca de escape

•Octubre 7, 2008 • Dejar un comentario

Me refugio en la calle, en la gente, no en la cama… si caigo en la trampa de las sábanas, temo que me convertiré en blanco fácil de mis fantasmas. Prefiero que salga el sol para que los evaporize cual vampiros expuestos mientras sus rayos me dan la oportunidad de transmutarme y olvidarlo todo en el bullicio de la ciudad.

Mis ventanas dibujan nuevos atardeceres

•Agosto 9, 2008 • Dejar un comentario

La despedida no fue fácil, pero la vida sigue y para llegar a la meta hay que caminar sin importar que los paisajes se disminuyan en la medida que te alejas. Sacrificas afectos, atesoras recuerdos y contruyes tu experiencia, tus bases, a partir de lo aprendido. Me despido de los atardeceres anaranjados frente al cubículo y los viernes de bochinche empresarial. Dejo la ciudad de 10 pm a 4 pm y me acerco a lo que una vez soñé que podía ser.

Mi ventana nueva delínea un paisaje robusto de estructuras, cemento y cristal, pero esta sensación de volver a los anhelos, de construir una realidad distinta, promente un paiseje hecho a mi medida, el de una ciudad que ahora más que nunca es un reflejo de mí.